México: Pastores de Muro y Oficina: El amurallamiento del Episcopado frente a un México en llamas

 


Mientras el país se desangra en una crisis de violencia sin precedentes, los pastores han decidido que la mejor forma de guiar a su rebaño es… a través de un muro. La 120ª Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que se celebra esta semana en Casa Lago, ha dejado de ser un espacio de encuentro para convertirse en un ejercicio de hermetismo institucional que raya en lo anacrónico.

Lo que ocurre esta semana en Casa Lago no es solo una reunión de oración; es el preámbulo de una sucesión dinástica. El hermetismo y los roces internos que se filtran desde los pasillos de la CEM tienen un origen muy terrenal: el fin de una era y el inicio de una lucha encarnizada por las sedes más influyentes de México.

Resulta paradójico que el obispo Ramón Castro Castro, presidente de la CEM, llame a los fieles a una "comunión en la oración" mientras, en la práctica, se establece una separación física y dialéctica con la realidad. Los analistas y periodistas especializados lo han llamado por su nombre: el amurallamiento.

Un Plan que se Quedó en el Papel

Hace años, el Papa Francisco les dio una instrucción clara: hagan un plan. Los obispos entregaron el Proyecto Global de Pastoral (PGP). Sin embargo, hoy ese documento parece más una pieza de museo que una hoja de ruta. Mientras las madres buscadoras escarban la tierra con sus propias manos buscando restos de sus hijos, la cúpula eclesiástica discierne "desafíos" desde la comodidad de una sede que funciona como un búnker.

La Iglesia católica en México está llegando tarde. Tarde a las víctimas, tarde a la protección real de la infancia y tarde a la transparencia. No basta con celebrar una misa en la Basílica de Guadalupe para calmar la sed de justicia de un pueblo que ve en su parroquia el último refugio, pero en su jerarquía a una casta distante.

Sinodalidad de Fachada

Se llenan la boca con la palabra "sinodalidad" —que implica caminar juntos—. Pero, ¿cómo se camina junto al pueblo cuando no se le escucha? ¿Cómo se es profeta cuando el mensaje se emite desde una cúpula y se espera que, por arte de magia, "baje" a las comunidades sin haber pasado por el fuego de la crítica y el diálogo abierto?

Los obispos actuales han perdido la "garra" de sus predecesores. Aquellos prelados que, con aciertos o errores, daban la cara y no temían al escrutinio público han sido sustituidos por administradores del silencio. El mensaje es claro: oren por nosotros, pero no nos cuestionen.


Fisuras en el búnker: ¿Oración o confrontación? 

Pero el hermetismo de esta 120ª Asamblea no solo parece ser una defensa contra el exterior, sino un intento desesperado por contener las llamas internas. Entre los pasillos de la CEM ha comenzado a filtrarse un rumor que cobra fuerza con cada minuto de silencio oficial: un pleito de alto voltaje a puerta cerrada. Se dice que los obispos han abandonado el tono de "discernimiento espiritual" para dar paso a una confrontación directa que revela una jerarquía fracturada.

Mientras el comunicado oficial habla de "luz del Espíritu Santo", los ecos del búnker sugieren una realidad mucho más terrenal y caótica. Si los pastores no pueden ponerse de acuerdo entre ellos, ¿qué esperanza de unidad pueden ofrecer a un país fragmentado? El "amurallamiento" no sería entonces una medida de seguridad, sino un torniquete informativo para ocultar que la casa está en llamas.

El ocaso de los "Príncipes"

Estamos ante un relevo generacional sin precedentes. Varias de las principales arquidiócesis del país están a punto de quedar vacantes o ya tienen a sus titulares con la "renuncia en la mesa" por haber sobrepasado el limite de edad, 75 años. Sedes estratégicas como Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey o Puebla son las joyas de la corona que definen el rumbo político de la Iglesia ante el Estado.

El pleito a puerta cerrada no es por doctrina, es por visión de poder. Por un lado, la vieja guardia que se resiste a soltar el control de las estructuras tradicionales; por otro, una generación emergente que —aunque dividida— busca posicionarse ante la mirada de Roma.

El bunker episcopal y el futuro 

El miedo al periodismo es, en realidad, miedo a que un paso en falso arruine una promoción. En este "búnker eclesiástico", cada obispo está jugando su propia partida de ajedrez frente al Nuncio Apostólico. Saben que el Papa León XIV busca pastores con "olor a oveja", pero la estructura mexicana sigue oliendo a incienso y oficina.

El verdadero fondo de este amurallamiento no es el silencio, sino la incertidumbre. Ante el avance del sexenio y el inminente relevo en las arquidiócesis más importantes del país, surge la pregunta que divide a la jerarquía: ¿Qué rostro tendrá la Iglesia en la interlocución con el gobierno federal?  ¿Será el de un aliado estratégico que valida las cifras oficiales, o el de un contrapeso ético que le exige al Estado recuperar los territorios controlados por el crimen organizado? El pleito a puerta cerrada en la CEM es la prueba de que, hoy por hoy, nadie tiene una respuesta única.

La CEM está ante un abismo. O derriban los muros de Casa Lago y aceptan que la fe debe rendir cuentas en la plaza pública, o terminarán siendo un club privado de hombres en sotana discutiendo temas que a nadie le importan, de formas que nadie comprende.

México no necesita obispos que se escondan para pelear. Necesita pastores que tengan el valor de salir a la luz, con sus heridas y sus desacuerdos, y decirnos la verdad. Porque una Iglesia que se esconde detrás de un muro para proteger su "imagen", termina protegiendo una cáscara vacía.

Si la CEM quiere ser realmente una voz de esperanza, debe entender que la credibilidad se gana en la apertura, no en el secreto. El ocultamiento del conflicto interno solo alimenta la sospecha. El Espíritu Santo no necesita escoltas ni búnkeres, y la paz no se construye con silencios cómplices.

Una Iglesia que se encierra para pelear, o se esconde de la prensa  es una Iglesia que ha olvidado su misión y que tiene miedo de mirarse al espejo. Es hora de que los obispos abran las puertas, ventilen sus diferencias y demuestren que tienen la madurez para enfrentar sus crisis de cara a la nación. México no necesita una cúpula perfecta, necesita una jerarquía honesta. Es hora de que los obispos salgan al mundo, no como príncipes protegidos o empresarios de oficina, sino como pastores con olor a oveja... y con valor para enfrentar los desafíos que la Iglesia tiene en México.

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